Todo lo iguana que se puede
Otra voz del infierno verde
Regreso a casa de los padres
I
Desperté en medio de la noche sin saber porqué. No hubo sobresaltos, dejé que mi vista se fuera aclarando en medio de la oscuridad, clavé la mirada en el techo y después de un rato me di cuenta que la calma inmensa de la madrugada era interrumpida por una música, una que apenas era imperceptible hasta que la reconocí, era la misma que sonaba desde la iglesia hasta el barrio de Belén Grande cada año en las fiestas de San Andrés Apóstol. Cuando pude reconocerla se clavó más y más en mi mente, después en mis oídos y en lo profundo de mi cabeza, cada vez se convertía más en ruido que en música, cada vez estaba más cerca y con ella venían ellos, ví sus sombras irregulares que se dibujaban en las persianas de cristales biselados, sombras que se volvían más grandes en cada estruendo que se oía en esa música que ahora era insoportable, imaginar sus largos brazos moviéndose rígidamente no hacían más que hundirme en el colchón de la cama bajo un profundo miedo, estuve paralizada largo rato, sabía que en cualquier momento las sombras terminarían por irrumpir en la recámara, destrozar el vidrio de las ventanas y atravesar de golpe a la oscuridad del cuarto donde paralizada ahogaba mis gritos. No pude más que cerrar los ojos, los apreté con mucha fuerza y derrepente la música paró de golpe, las manecillas del reloj colgado sobre la puerta principal de la casa era el único ruido en medio de la noche, entendí que era un mal sueño, respiré profundo y abrí nuevamente los ojos, solo para darme cuenta que todas esas mojigangas ya estaban ahí, bailando al pie de mí cama.
UNO
Me abrí paso entre las cortinas para buscar a mamá, lo único que faltaba en esta tranquila mañana era uno de sus desayunos y a lo mejor escuchar algunas de las tonterías de Samuel antes de salir a caminar por la playa, pero solo encontré silencio en toda la casa, un silencio insoportable que me hacia saber que no tendría una mañana tan placentera nunca más, desee con todas mis fuerzas no haberme sacudido las sabanas y haber hundido la nuca en la almohada hasta deshacer el colchón en el momento en que mis gritos llamándolos se ahogaron en los muros y terminaron de huir por las rendijas de las ventanas.
Abrí de golpe la puerta en la recapara de ambos, todo tenía una pulcritud que desató la locura en un instante. Mi sien cayó casi de golpe contra las losas del piso que para ese entonces las sentí como el lugar más frío de la casa, la claridad del día avanzando me devolvió casi de golpe a la cordura, para mostrarme que mi familia: mi mamá y Samuel, habían desaparecido como lo hicieron los hijos y esposo de Lucía, los papás de Andrés y el hermano de Angéles; ahora me había quedado sola como muchos de mis vecinos y el largo camino para encontrarlos comenzaba.Tantas veces había pedido que si esto me pasaba deberían de desaparecer ellos para que no sufrieran esta soledad que se apoderó de toda la ciudad.
Siempre lo supe, siempre supe que algo así sucedería y hasta me sentí resignada, pero no imaginaba que la resignación era tan amarga, tanto que las lagrimas no pudieron brotar y la impotencia por no poder llorar a gusto era posible.
En las noticias un funcionario del gobierno, uno de los pocos que quedaban visibles para nosotros, salía a decir que los primeros minutos después de enterarse que un familiar había desaparecido eran vitales para encontrarlos, la palabra vital ya era desagradable en un asunto que causaba tanto dolor, pero la deletreaba con tanto énfasis como para dar tranquilidad. Lo cierto es que ni yo ni mis amistades, ni siquiera mis conocidos o de oídas había escuchado un testimonio alentador, de alguien que hubiera encontrado a sus familiares después de que desaparecieron, ni vivo ni muerto, ni siquiera un mínuto después de haber emitido el aviso para iniciar la búsqueda que ofrecían.
Mi plan por si esto me ocurría, y lo había hablado antes con Samuel y mamá, era tomar el frasco de somníferos que guardo detrás del espejo del baño y tomarlo todo para no convertirme en otro eslabón de esa cadena amarga que llena cada una de las casas de este lugar.
No pude hacerlo, no por faltas de fuerzas, sino porque como si fuera una rutina diaria no te queda más que hacer lo que hicieron los demás cuando les pasó, salir a la calle a buscarlos, preguntar con los vecinos y amigos, y después esperar, esperar toda la noche, esperar para siempre, para encontrarlos o para desaparecer.
16
15
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Sentía la boca seca. Esa sensación le era familiar, tomó el tercer vaso de agua pero estaba caliente, absorbió todo su contenido mientras la invadía una extraña sensación de satisfacción que le humedecía la garganta y que al mismo tiempo le secaba aún más el paladar. Miró a su alrededor sin saber que hacer, lo único que le había importado por largo rato era satisfacer esa sed infernal y ahora que lo había logrado tenía que continuar con las diligencias, sin embargo no sabía por donde comenzar.
Salir de la habitación que rentó la noche anterior para recorrer primero la zona comercial, para ver si se encontraba con algún conocido que pudiera confirmar que había regresado y así ir directamente a la vieja casa de sus abuelos, porque ese era el único lugar que lo llamaba a regresar, después de encontrarlo todo comenzaría a fluir, no tenía nada preparado para decirle cuando lo encontrara nuevamente, aunque a veces caminaba en la calle pensado diálogos entre él y ella, frases que se contestaba a sí misma; pero sería una mala idea si algún amigo, peor, si alguna amiga de él le advertía que también ella había regresado. Pero no quería llegar así nada más, necesitaba un motivo, como si la desazón en la que la abandonó no fuera suficiente, como si el ir y venir de los años pensando en él no fueran suficientes, como si la cicatriz en la palma de la mano que le dejó con el cuchillo no se hiciera cada vez más profunda.
Galimatías
los chabacanos se correteaban
porque cuidaban que no se les besara,
antes de que los framboyanes llegaran

Juan José Arreola
El autodidacta, el de la literatura mágica, real, directa y cotidiana que encierra su grandeza precisamente en esas característica integradas al mismo tiempo en un relato, cuento, novela o ensayo.
