Regreso a casa de los padres

PARTE I

El camino a casa era una brecha
Llena de fango y de grietas abiertas
En cada paso se veía más estrecha
Llegar era enfrentarse a las fauces abiertas

Al costado, el llano verde infinito daba calma
La última luz del sol recostada en los cañaverales
Los sapos cantando, las iguanas sobre la palma
Eran tiempos de sueños despiertos y reales

Del canto de niñas y niños felices
Sin espacio para el desencanto
Con sonrisas llenas de matices
El viento envolviendo con su manto




I

Desperté en medio de la noche sin saber porqué. No hubo sobresaltos, dejé que mi vista se fuera aclarando en medio de la oscuridad, clavé la mirada en el techo y después de un rato me di cuenta que la calma inmensa de la madrugada era interrumpida por una música, una que apenas era imperceptible hasta que la reconocí, era la misma que sonaba desde la iglesia hasta el barrio de Belén  Grande cada año en las fiestas de San Andrés Apóstol. Cuando pude reconocerla se clavó más y más en mi mente, después en mis oídos y en lo profundo de mi cabeza, cada vez se convertía más en ruido que en música, cada vez estaba más cerca y con ella venían ellos, ví sus sombras irregulares que se dibujaban en las persianas de cristales biselados, sombras que se volvían más grandes en cada estruendo que se oía en esa música que ahora era insoportable, imaginar sus largos brazos moviéndose rígidamente no hacían más que hundirme en el colchón de la cama bajo un profundo miedo, estuve paralizada largo rato, sabía que en cualquier momento las sombras terminarían por irrumpir en la recámara, destrozar el vidrio de las ventanas y atravesar de golpe a la oscuridad del cuarto donde paralizada ahogaba mis gritos. No pude más que cerrar los ojos, los apreté con mucha fuerza y derrepente la música paró de golpe, las manecillas del reloj colgado sobre la puerta principal de la casa era el único ruido en medio de la noche, entendí que era un mal sueño, respiré profundo y abrí nuevamente los ojos, solo para darme cuenta que todas esas mojigangas ya estaban ahí, bailando al pie de mí cama.

UNO

El color blanco penetró en mi cabeza de golpe. Las siluetas y colores se convirtieron en los objetos cotidianos que siempre me acompañan en la recamara pero que había desconocido cuando abrí los ojos. Los números incandescentes del radio despertador marcaban las 9:33, la antena destellaba los rayos de sol que aún no le permitían tomar su forma,  dejé caer el brazo sobre las lozas para sentir el frío del suelo y encontré que a esa hora ya estaban tibias, era una de esas mañana cálida y despejada que ya extrañaba y que acompañaba una larga noche de sueño como la que no tenía desde hace mucho.
Me abrí paso entre las cortinas para buscar a mamá, lo único que faltaba en esta tranquila mañana era uno de sus desayunos y a lo mejor escuchar algunas de las tonterías de Samuel antes de salir a caminar por la playa, pero solo encontré silencio en toda la casa, un silencio insoportable que me hacia saber que no tendría una mañana tan placentera nunca más, desee con todas mis fuerzas no haberme sacudido las sabanas y haber hundido la nuca en la almohada hasta deshacer el colchón en el momento en que mis gritos llamándolos se ahogaron en los muros y terminaron de huir por las rendijas de las ventanas.
Abrí de golpe la puerta en la recapara de ambos, todo tenía una pulcritud que desató la locura en un instante. Mi sien cayó casi de golpe contra las losas del piso que para ese entonces las sentí como el lugar más frío de la casa, la claridad del día avanzando me devolvió casi de golpe a la cordura, para mostrarme que mi familia: mi mamá y Samuel, habían desaparecido como lo hicieron los hijos y esposo de Lucía, los papás de Andrés y el hermano de Angéles; ahora me había quedado sola como muchos de mis vecinos y el largo camino para encontrarlos comenzaba.Tantas veces había pedido que si esto me pasaba deberían de desaparecer ellos para que no sufrieran esta soledad que se apoderó de toda la ciudad.
Siempre lo supe, siempre supe que algo así sucedería y hasta me sentí resignada, pero no imaginaba que la resignación era tan amarga, tanto que las lagrimas no pudieron brotar y la impotencia por no poder llorar a gusto era posible.
En las noticias un funcionario del gobierno, uno de los pocos que quedaban visibles para nosotros, salía a decir que los primeros minutos después de enterarse que un familiar había desaparecido eran vitales para encontrarlos, la palabra vital ya era desagradable en un asunto que causaba tanto dolor, pero la deletreaba con tanto énfasis como para dar tranquilidad. Lo cierto es que ni yo ni mis amistades, ni siquiera mis conocidos o de oídas había escuchado un testimonio alentador, de alguien que hubiera encontrado a sus familiares después de que desaparecieron, ni vivo ni muerto, ni siquiera un mínuto después de haber emitido el aviso para iniciar la búsqueda que ofrecían.
Mi plan por si esto me ocurría, y lo había hablado antes con Samuel y mamá, era tomar el frasco de somníferos que guardo detrás del espejo del baño y tomarlo todo para no convertirme en otro eslabón de esa cadena amarga que llena cada una de las casas de este lugar.
No pude hacerlo, no por faltas de fuerzas, sino porque como si fuera una rutina diaria no te queda más que hacer lo que hicieron los demás cuando les pasó, salir a la calle a buscarlos, preguntar con los vecinos y amigos, y después esperar, esperar toda la noche, esperar para siempre, para encontrarlos o para desaparecer.







16

Julia inició la conversación por inercia y Hugo había prestado atención solo por cortesía, las primeras palabras que cruzaban tenían un matiz de indiferencia solo imperceptibles por el subconsciente de cada uno de ellos. El tipo le había parecido muy común hasta que notó que no había declinado a una conversación que llevaba hacía ningún lado, no sabía que en realidad mantenía su pensamiento en cosas más importantes para él y que, al mismo tiempo, no eran más o menos triviales que el escuchar los detalles de las las 16 horas que ella había permanecido cautiva en ese autos viajando de Guanajuato a la Ciudad de México para poder llegar a Yucatán, tampoco de los mil 600 escalones que ella diariamente caminaba de su casa al trabajo cruzando entre las callejuelas empedradas de la vieja ciudad. Reflexionó entonces que tenía que ofrecer algo más que las quejas por la mala suerte del conductor que ofreciendo disculpas a los pasajeros porque el camión se había averiado y no había sitio cercano para poder, al menos, estirar un poco las piernas. Comenzó entonces por una pregunta, que le daría píe para saber que destino podía tomar su conversación. 
-¿A qué se dedica usted?- Atinó a decir para darse cuenta inmediatamente que la pregunta había sido formal y que las formalidades ya no tenían sentido cuándo había hablado con él por más de dos horas. Aún así, por cortesía, Hugo le respondió que había intentado estudiar medicina pero que había fracasado y que ahora se iniciaba en una carrera en Leyes. Hasta ese momento la conversación tomaba un poco de sentido. Julia preguntó por su edad, desde que se sentó junto a ella en el último asiento del autobús lo imaginó como alguien un poco más grande, al menos de su edad, eso le llamó un poco más la atención hacía Hugo, que contestó con una sonrisa diciendo casi de inmediato -22 años-, su mirada profunda, su cabello rubio perfectamente recortado y sus cejas marcadas le daban rasgos de una persona mayor y la forma en la que diría sus palabras también, de no ser por el gesto que hacía su sonrisa jamás le hubiera creído, de ahí la conversación se centró en él y ella admirada escuchaba cada palabra de lo que decía, casi siempre sus enunciados eran respuestas a sus preguntas, algunas que llegaban a ser incomodas, hasta que se hizo el silencio; fue cuándo le preguntó por qué viajaba hacía Yucatán, ahí su rostro perdió todo gesto y la única lectura que podía hacerse del ser humano se encontraba en la mirada, una mirada profunda que suponía que el motivo de aquel largo viaje no eran del todo satisfactorias, que causaba incluso dolor o desesperación. Voy a buscar al amor de mi vida, le soltó después del silencio sepulcral. Julia entendería después lo que ese rostro sin gestos le trataba de decir y entendió aún mejor la mirada de Hugo.

15

Silenciosos los habitante del pueblo se reunían poco a poco en la calle principal de barrio central. En silencio pactaron la estrategia para deshacerse de los indeseados que habían irrumpido en la eterna paz de sus hogares. Tres fueron las calamidades que soportaron pero suficientemente grotescas como para desatar esa ira muda que provocaba la complicidad, solo comunicándose con monosílabas que servían para confirmar que se entendían entre ellos y que sabían de antemano las cosas que harían.
La primera de ella una golpiza propinada a Juan, uno de los muchachos más valentones y escandalosos del pueblo y quien era el culpable de traer a los forasteros. La primera impresión que daba cuando se le conocía hacía pensar que merecía los palos, pero la forma en la que dejaron su figura desataba la compasión de cualquiera y provocaba un nudo en el estomago similares a las nauseas.
Estaban acostumbrados a la paz del pueblo, pero no soportaban un insulto cuando era dirigido a las cosas que consideraban sagradas. Es por eso que la rabia, un sentimiento poco común en el pueblo, se había desatado en contra de Juan y los otros cuatro que fueron asesinados ese mismo día.

14

Al despertar tenía la costumbre recorrer con la mano su cabello, el color castaño  daba la impresión de ser una extensión de los reflejos del sol que entraba por las rendijas de las pesadas cortinas verdes, después metía sus dedos entre los suyos que eran delgados y largos, la soltaba hasta que no podía más y tenía que levantarese para ir al baño, en ese momento ella siempre despertaba, con sus mejillas siempre rojas que poco a poco se palidecían hasta quedar casi blancas, al medio día sus labios eran rojos, sólo cuando el clima se enfriaba sus cabellos ya no parecían sol, sus mejillas permanecían rojas durante todo el día y sus labios se llenaban de grietas. El frío no le gustaba mucho, nació y creció en un lugar caliente y le parecía insoportable. Sus ojos expresaban todo su existir, poco hablaba porque todo lo decía con la mirada, con esos ojos enormes a los que las pupilas siempre se dilataban y que era sumamente difícil atinar de que colores eran, aceitunados a veces (¿de color marrón, miel o simplemente claros), siempre brillantes y con cierta alegría sin importar las circunstancias, sólo en invierno se enfriaban un poco. Julia era delgada, su nariz parecía un lápiz con punta recién sacada, su ojos parecían ser profundos por la abundancia de sus cejas, el mentón era cruzado por una línea vertical, su rostro parecía impecable de no ser por los orificios que se le formaban cada vez que sus labios se deformaban por una curva, un lunar era evidente sobre su labio, justo en la comisura de la boca se veía el pequeño punto que parecía más una de sus pecas, fue ese diminuto punto lo que llamó la atención de Matías cuando le dio los buenos días al sentarse junto a ella en la butaca que se ubicaba al final del pasillo del autobús en el que ella viajaba de regreso a casa de sus padres vencida por el mundo, como le advirtió su hermana Isabel que pasaría si partía de casa. Su familia tenía una riqueza moderada, varias propiedades que se habían acrecentado con la ayuda de la administración de su hermano Marcos, pero ella no quería la comodidad y por eso se fue a estudiar fuera con la idea de conquistar todo lo que se le pusiera en frente y habría sido sencillo de no ser que, acostumbrada a los lujos, le costó mucho no confiar en las personas ciegamente, como le pasó con Matías cuando este le pidió permiso para pasar al asiento desocupado del lado de la ventanilla, desde ese momento se le presentó como un libro abierto, estaba muy nerviosa por regresar después de cinco años de ausencia a pedir ser aceptada de nuevo en su hogar, algo que no tendría problema de no ser por su orgullo, que superaba por mucho la fragilidad que aparentaba, después de unas cuantas horas se durmió y el movimiento del viaje hizo que su cuello se recargara sobre el hombro de él, después el sueño, quizá consiente, posó su mano de dedos largos y delgados en su pecho, él estaba incomodo pero se rehusó a despertarla contemplando el pequeño lunar que comenzaba en la comisura de sus labios, en sus brazos se sintió protegida después de su derrota, pero ahora sabe que fue un momento que nunca tuvo que suceder.
3

Sentía la boca seca. Esa sensación le era familiar, tomó el tercer vaso de agua pero estaba caliente, absorbió todo su contenido mientras la invadía una extraña sensación de satisfacción que le humedecía la garganta y que al mismo tiempo le secaba aún más el paladar. Miró a su alrededor sin saber que hacer, lo único que le había importado por largo rato era satisfacer esa sed infernal y ahora que lo había logrado tenía que continuar con las diligencias, sin embargo no sabía por donde comenzar.
Salir de la habitación que rentó la noche anterior para recorrer primero la zona comercial, para ver si se encontraba con algún conocido que pudiera confirmar que había regresado y así ir directamente a la vieja casa de sus abuelos, porque ese era el único lugar que lo llamaba a regresar, después de encontrarlo todo comenzaría a fluir, no tenía nada preparado para decirle cuando lo encontrara nuevamente, aunque a veces caminaba en la calle pensado diálogos entre él y ella, frases que se contestaba a sí misma; pero sería una mala idea si algún amigo, peor, si alguna amiga de él le advertía que también ella había regresado. Pero no quería llegar así nada más, necesitaba un motivo, como si la desazón en la que la abandonó no fuera suficiente, como si el ir y venir de los años pensando en él  no fueran suficientes, como si la cicatriz en la palma de la mano que le dejó con el cuchillo no se hiciera cada vez más profunda.


Galimatías

Cuando jugábamos con peces cortos 
los chabacanos se correteaban 
porque cuidaban que no se les besara, 
antes de que los framboyanes llegaran

Juan José Arreola


El autodidacta, el de la literatura mágica, real, directa y cotidiana  que encierra su grandeza precisamente en esas característica integradas al mismo tiempo en un relato, cuento, novela o ensayo.
Participe de una generación que podría en igualdad de condiciones a México dentro del mal llamado "boom" latinoamericano,incluso antes de que este fenómeno diera la vuelta al mundo. Y es que si Julio Cortázar dijo alguna vez que era cosa, muy probable, de la alineación de estrellas una de ellas tuvo que haber sido el magnifico Arreola.
El jalisciense que aprendió sólito lo que era el oficio de escritor, así como aprendió el de bolero, carpintero, herrero y maestro impresor. El que aprendió por necesidad y que encontró en las letras algo más grande, que le quemaba las manos con las que despeinaba su cabellera abundante para elaborar con la misma calidad una minificción que una novela.
Extrovertido, en sus obras y en la vida misma, grande entre los grandes.