Un día antes le gritó que lo amaba, acostumbraba hacerlo de vez en cuándo, después de algún tiempo se preguntaba si en verdad era posible un amor duradero, tras varios minutos de meditación caía en la cuenta de que, al menos de su parte, se había vuelto cosa de costumbre, a sus palabras, a sus besos y abrazos, a sus pies fríos rozando sus piernas por las noches, al palpitar presipitado de su alma cuando terminaban de hacer el amor.
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