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La casa era grande era como esas que hay en el campo. El techo era de palma, bien construido, no había ni una sola rendija para dejar entrar el sol y además era impermeable en las fuertes lluvias que se presentaban casi todo el año. El patio también era grande, había muchos árboles, la mayoría de ellos frutales, sobresalían dos frondosos framboyanes al frente, justo en la entrada. En la parte de atrás había un guayabo y un limón, el guayabo llenaba con su aroma la huerta cuando llovía, el limón era pequeño, pero bien tupido, me gustaba meterme debajo, su inmensidad de ramas y espinas parecían el techo de palma de la casona y su olor se mezclaba con el de las guayabas que se caían y que levantaba para comer. El verde era el color que predominaba en el patio de atrás, al frente se veían las flores de los framboyanes, rojas, habían también arboles con flores amarillas, que florecían únicamente en mayo, pero todo el año las mañanitas y las azaleas atraían a las mariposas porque esas estaban llenas de flores todos los días, habían de distintas formas y colores, mariposas y mañanitas, algunas pequeñas, con pétalos perfectamente redondos y otras con manchitas de colores y pétalos asimétricos, también las mariposas eran de distintas, algunas más hermosas que otras, algunas que hasta me daban miedo, recuerdo que las guardaba en frascos de cristal o las conservaba en una libreta con hojas gruesas. Así fue como conocí a Julia, cuando teníamos 7 años le enseñé mi libreta con las mariposas, a ella le pareció cruel y se puso a llorar, entonces para que dejara de gimotear la lleve al árbol de limón, se sintió reconfortada por la curiosidad que despertaba todo tipo de artefacto que un niño suele guardar y que encontró esa tarde entre las ramas del pequeño pero frondoso arbolito.
Julia llegó al pueblo con su papá, su mamá había muerto dos meses antes y su papá la dejó encargada con una tía, que era hermana de él y que era viuda porque su esposo se había ido a trabajar a otro lado, pero ella decía que ya se había muerto. Julia siempre estaba triste, pero me decía que nunca estaba triste conmigo porque siempre la hacía reír, recuerdo que le cantaba canciones de las que escuchaba en la radio y de las que mi abuela -la abuela de mi mamá- cantaba siempre que la visitábamos, era así como pasábamos las tardes después de ir a la escuela, entonces no habían sentimientos de miseria en nuestras almas, tristeza a veces pero nunca cuando estábamos juntos, así éramos inmensamente feliz, Julia pensó en algún momento que así sería siempre, yo pensé lo mismo, tarde o temprano terminaba pensando lo mismo que ella.
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