En abril 2009 compartí parte de un discurso escrito por Julio Cortázar en el año de 1980 y publicado en la revista Texto Crítico del Centro de Investigaciones Lingüístico–Literarias de la Universidad Veracruzana, apropósito de un encuentro de intelectuales y escritores renombrados organizado en la ciudad de Xalapa.
Tuve la oportunidad de escuchar de viva voz la experiencia que dejó entre los universitarios de aquel entonces haber sido testigo esas palabras pronunciadas con sobriedad y al mismo tiempo con la pasión de un hombre que supo expresar en sus letras el alma de América Latina convulsionada.
La primera fecha suena tan distante como la segunda a pesar de que no lo es, en ambos casos la nostalgia que provoca el texto hace pensar que fue publicado apenas ayer, sobre todo porque continúa vigente el sentimiento de libertad que hombres como Cortázar revivieron en el imaginario del latinoamericano.
Comparto ahora la segunda parte de ese discurso.
Julio Cortázar
REALIDAD Y LITERATURA
Parte segunda
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No me estoy saliendo del terreno de la literatura, muy al contrario. Voy a buscar allí donde hoy en día están naciendo tantos de sus productos, trato de mostrar los posibles valores que pueden resultar de la literatura del exilio, en vez de inclinarme ante el exilio de la literatura, como lo quisiera el enemigo. Esa actitud positiva, esa determinación de asumir afirmativamente lo que por atavismo y y hasta por romanticismo se tiene que ver a priori como pura negatividad, exige poner en tela de juicio muchos lugares comunes, exige el valor de autocriticarse en circunstancias en que lo más inmediato y comprensible es la autocompasión. Hace unos días se me acercó un señor que se me presentó con estas palabras: "Yo soy un exiliado argentino". En mi fuero interno lamenté laprioridad que daba a su condición de exiliado, porque me pareció como tantas otras veces un reconocimiento sin duda inconsciente de la derrota,de la presentación de una patria que de alguna manera pasaba a segundo plano en su presentación. Esto que parece psicología callejera no lo es cuando asume formas más complejas, cuando, por ejemplo, se convierte en un obsesivo tema literario. También aquí la usual noción negativa del exilio tiende a volverse poema, canción, cuento o novela, que en definitiva no pasan de ser alimentos de la nostalgia propia y ajena. Recuerdo una frase de Eduardo Galeano sobre el exilio: "La nostalgia es buena, pero la esperanza mejor". Claro que la nostalgia es buena, en la literatura y en la vida, puesto que es la melancólica fidelidad a lo ausente; pero lo ausente nuestro no está muerto, lejos de ello, y es ahí donde la esperanza puede cambiar el signo del exilio, sacarlo de lo negativo para darle un valor dinámico, unirnos a todos en el esfuerzo por reconquistar el territorio de la nostalgia una vez que quedarnos en la mera nostalgia del territorio.
Si un día logramos esto, si lo estamos logrando ya poco a poco como me parece comprobarlo en una parte de la literatura que nace hoy fuera de nuestros países, el peso de sus factores positivos aportará una contribución capital al conjunto de nuestras letras, que es decir también de nuestros pueblos. Una cosa es la cultura internacional adquirida dentro de cada país o en el curso de viajes de perfeccionamiento, y otra muy diferente la vivencia forzada y cotidiana de realidades ajenas que pueden ser faforables u hostiles pero que para el exiliado son siempre traumáticas porque no responden a su libre elección. Es entonces cuando conviene recordar que los traumatismos de todo tipo han sido suempre una de las razones capitales de la literatura, y que superarlos mediante una transmutación en obre creadora es lo propio del escritor de verdad. en estos últimos años he visto el efecto a veces destructor del desarraigo violento de los hombres y mujeres que llevaban ya realizada una obra valiosa en sus países de origen. Pero a diferencia de ellos están los que han sido capaces de llevar a cabo esa alquimia psicológica y moral capaz de potenciar y erriquecer la experiencia creadora, los que han tenido la fuerza de hundirse hasta el fonde de la trágica noche del exilio y volver a salir con algo que jamás les habría dado el mero viaje de placer a Paris, la visita cultural a Madrid o a Londres. Y eso empieza a reflejarse ya en lo que se escribe lejos de la patria, y es una primera y difícil y hermosa victoria.
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Hermosa precisamente porque su dificultad parece por momentos insuperable. Pienso en mis compañeros argentinos perdidos, en tantos rincones de esta América y de Europa, en esos escritores cuyo trabajo empecinado representa fundamentalmente una batalla contra la muerte, quiero decir esas batallas que muchos libramos diariamente en nosotros mismos para seguir adelante mientras a nuestro lado, leyendo sobre nuestro hombros, hablándonos con sus voces de sombras, los que sucumbieron por escribir y decir la verdad nos impulsan y a la vez nos paralizan, nos instan a volcar en la vida y el combate todo lo que ellos no alcanzaron a completar como hubieran querido, y a la vez ns traban con el peso del color y la desgracia. Yo ya no sé escribir como antes, hacia dondequiera que me vuelva encuentro la imahen de Haroldo Conti, los ojos de Rodolfo Walsh, la sonrisa bonachona de Paco Urondo, la silueta fugitiva de Miguel Ángel Bustos. Y no estoy haciendo una selección elitista, no son solamente ellos los que me acosan fraternalmente, pero un escritor vive de otras escrituras u siente, si no es el habitante anacrónico de las torres de marfil del liberalismo y del escapismo intelectual, que esas muertes injustas e infames son el albatros que cuelga de su cuello, la cotidiana obligación de volverlas otra vez vida, de negarlas afirmándolas, de esculpirlas en la cara de esa otra muerte, ésa que Pablo Neruda viera proféticamente "vestida de almirante".
Si todo eso no se refleja un día de una u otra manera en la obra de los escritores latinoamericanos exiliados, los Videla y los Pinochet y los Stroessner habrán triunfado más allá de su momentaneo triunfo material, mal que les pese a los que siguen creyendo que al enemigo hay que enfrentarlo culturalmente con su mismo vocabulario superficial, dialogando de alguna manera con él, reconociéndolo como un interlocutor válido en la medida en que no se salen del nivel de los panfletos y las consignas partidarias y las temáticas estrictamente ajustadas a la realidad política. Si no somos capaces de cambiar esencialmente la negatividad que buscan envolvernos y aplastarnos, habremos fracasado en nuestra misión y nuestra posibilidad específicas, seremos solamente los escritores desterrados que se consuelan con novelas y poemas, los mismos que continuarán presentándose abre el mundo como "exiliados argentinos" o "exiliados paraguayos", para recibir como respuesta una sonrisa comprensiva o un asilo más. Creo que no es así, vivo en una ciudad en donde diariamente recibo lo que se escribe en tantas otras, y sé que cuando llegue la hora de que los críticos y los especialistas tracen el panorama de la literatura latinoamericana de nuestros días, la creación cumplida en el exilio será un capítulo con características propias, pero en plena ligazón con nuestra entera realidad, y eses capítulo mostrará el nacimiento y el desarrollo de nuevas fuerzas, de rumbos diferentes y fecundos, de aportaciones acaso vertiginosas a la fuente común de nuestra identidad. Será como si una nación espiritual hubiera nacido de nuestras naciones devastadas por la opresión y la violencia y el desprecio, será como si el vientre torturado de nuestro Cono Sur hubiera parido una criatura que contiene y preserva la verdad y justicia, e niño del futuro que, como en tantas mitologías y tantos cuentos de hadas es arrojado a las fieras o abandonado a la corriente de un río, pero que volverá, llegado el día, para unirse definitivamente a su pueblo, tal como la historia vio un día a José Martí, tal como yo soñé un día a mi pequeño Manuel.
Si todo eso no se refleja un día de una u otra manera en la obra de los escritores latinoamericanos exiliados, los Videla y los Pinochet y los Stroessner habrán triunfado más allá de su momentaneo triunfo material, mal que les pese a los que siguen creyendo que al enemigo hay que enfrentarlo culturalmente con su mismo vocabulario superficial, dialogando de alguna manera con él, reconociéndolo como un interlocutor válido en la medida en que no se salen del nivel de los panfletos y las consignas partidarias y las temáticas estrictamente ajustadas a la realidad política. Si no somos capaces de cambiar esencialmente la negatividad que buscan envolvernos y aplastarnos, habremos fracasado en nuestra misión y nuestra posibilidad específicas, seremos solamente los escritores desterrados que se consuelan con novelas y poemas, los mismos que continuarán presentándose abre el mundo como "exiliados argentinos" o "exiliados paraguayos", para recibir como respuesta una sonrisa comprensiva o un asilo más. Creo que no es así, vivo en una ciudad en donde diariamente recibo lo que se escribe en tantas otras, y sé que cuando llegue la hora de que los críticos y los especialistas tracen el panorama de la literatura latinoamericana de nuestros días, la creación cumplida en el exilio será un capítulo con características propias, pero en plena ligazón con nuestra entera realidad, y eses capítulo mostrará el nacimiento y el desarrollo de nuevas fuerzas, de rumbos diferentes y fecundos, de aportaciones acaso vertiginosas a la fuente común de nuestra identidad. Será como si una nación espiritual hubiera nacido de nuestras naciones devastadas por la opresión y la violencia y el desprecio, será como si el vientre torturado de nuestro Cono Sur hubiera parido una criatura que contiene y preserva la verdad y justicia, e niño del futuro que, como en tantas mitologías y tantos cuentos de hadas es arrojado a las fieras o abandonado a la corriente de un río, pero que volverá, llegado el día, para unirse definitivamente a su pueblo, tal como la historia vio un día a José Martí, tal como yo soñé un día a mi pequeño Manuel.
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No tengo ya dudas de que la literatura de esta otra nación latinoamericanaque es la nación del exilio continuará dándonos productos culturales, que al sumarse a los que se originaron en aquellos países cuyos intelectuales pueden trabajar dentro de un contexto propio, nos hará avanzar globalmente en tanto que lectores y escritores, quiero decir como pueblos. Ese avance abarcará las dimensiones más extremas y osadas de esa invención verbal que se abre paso en las conciencias y las subconciencias como una extraña, indefinible levadura que enriquece las potencias mentales y morales de los hombres. Es ahí, en esa oscura operación sin nombre pero claramente perceptible en el decurso de todas las civilizaciones, que lo literamente nacido en esas condiciones tendrá un máximo valor político, aunque no entre forzosamente en la dialéctica ideológica como tema o como pretexto. Es ahí que la experiencia que transmitirá esa literatura nacida hoy tantas veces de la peor angustia, de la exasperación y el desgarramiento, nos hará adelantar por ese camino que ella ha andado solitaria pero que quiere compartir con todos los suyos, el camino hacia nuestra identidad profunda, esa identidad que nos mostrará por fin nuestro destino histórico como continente, como bloque idiomático, como diversidad llena de similitudes amigas, para repetir el verso de Valéry.
En ese sentido la literatura más lúcida en estas décadas, venga del interior o del exterior de nuestros paísese, coincide en mostrar a través de ensayos, cuentos, novelas y poemas que incluso la más libre de nuestras naciones está muy lejos de ser auténtica y profundamente libre, y que prácticamente todos los escritores latinoamericanos, vivamos o no en nuestra casa, somos escritores exiliados. Todavía me asombra que haya entre nosotros intelectuales que dan la impresión de sentirse definitivamente seguros del terreno geopolítico que pisan, o que comparativamente se estiman en suelo firme porque los otros sueños tiemblan y se resquebrajan. Es el mismo tipo de intelectual que habla de los lectores, por ejemplo, como de una realidad positiva en términos de tiradas de libros o de galardones literarios, y para quien ser editado y comentado es prueba suficiente de deber cumplido. Desde el punto de vista de nuestra realidad continental -hablo sobre todo del Cono Sur, pero esto se aplica a muchos otros de nuestros países- los intelectuales seguimos siendo un sector privado de toda estabilidad, de toda garantía. El poder nos controla, ya sea de una manera salvake o con arreglo a códigos en los que no hemos intervenido para nada, nos frena, nos censura o nos disuena en coro de los conformismos o de las críticas cautelosas. Vuelvo a citar a Rodolfo Wals, eliminado cínicamente porque había osado decile la verdad en plena cara al general Videla; y pienso en hombres como Marcelo Quiroga Santa Cruz, asesinado en Bolivia porque su mera sombra era para los militares golpistas lo que el espectro de Banquo para la conciencia de Macbeth. ¿Qué literatura puede ser la nuestra en estas condiciones, tanto la del exilio como la que se cumple en el interior de países menos atormentados, si nonos obstinamos en romper ese círculo de ignominia? Un ejercicio de inteligencia por la inteligencia misma, como los que se ven hoy en algunos países de Europa, pero sin el derecho secularmente conquistado de los europeos a gozar más que nosotros de los puros placeres de la escritura; un triste autosueño para tantos lectores y escritores que confunden cultura minoritaria con dignidad popular; un juego elitista, no porque nuestros escritores honestos acepten el elitismo, sino porque las circunstancias exteriores a ellos les imponen un circuito cerrado, un circo donde todo aquel que ha podido pagar la entrada aplaude a los gladiadores o a los payasos mientras afuera los pretorianos contienen a la inmensa muchedumbre privada a la vez del pan y circo. Digo con imágenes algo que siento y que vivo con mi propia sangre; me avergüenza como si yo mismo fuera el responsable cada vez que leo entrevistas en las que se habla de grandes tiradas de libros como si constituyera la prueba de una alta densidad cultural; me avergüenza que entre nosotros haya intelectuales que todavía escamotean el hecho desnudo y monstruoso de que vivimos rodeados por millones de analfabetos cuya conquista cultural más importante se reduce a tiras cómicas y a las telenovelas cuando son lo bastante afortunados para llegar a ellas. Detrás de todo eso, y es más que obvio decirlo, estpa la política de "patio de atrás" de imperialismo norteamericano y la complicidad de todos aquellos poderes nacionales que protegen a las oligarquías dispuestas a cualquier cosa -como en El Salvador, para dar un solo ejemplo- antes de perder sus privilegios. ¿De qué podemos jactarnos los escritores en este panorama en el que sólo brillan unos pocos, aislados y admirables fuegos de vivac? Nuestros libros son botellas al mar, mensajes lanzados en la inmensidad de la ignorancia y la miseria; pero ocurre que ciertas botellas terminan por llegar a destino, y es entonces que esos mensajes deben mostrar su sentido y razón de ser, deben llevar lucidez y esperanza a quienes los están leyendo o los leerán un día. Nada podemos hacer directamente contra lo que nos separa de millones de lectores potenciales; no somos alfabetizadores ni asistentes sociales, no tenemos tierras para distribuir a los desposeídos ni medicinas para curar a los enfermos; pero, en cambio, nos está dado atacar de otra manera esa coalición de intereses foráneos y sus homólogos internos que genera y perpetúa el statu quo, o mejor aún el stand bay latinoamericano. Lo digo una vez más para terminar: no estoy hablando tan sólo del combate que todo intelectual puede librar en el terreno político, sino que hablo también y sobre todo de literatura, hablo de la conciencia del que escribe y del que lee, hablo de ese enlace a veces indefinible pero siempre inequívoco que se da entre una literatura que no escamotea la realidad de su contorno y aquellos que se reconocen en ella como lectores a la vez que son llevados por ella más allá de sí mismos en el plano de la conciencia, de la visión histórica, de la política y de la estética. Sólo cuando un escritor es capaz de operar ese enlace, que es su verdadero compromiso y yo diría su razón de ser en nuestros días, solo entonces su trabajo puramente intelectial tendrá también sentido, en la medida en que sus experiencias más vertiginosas serán recibidas con una voluntad de asimilación, de incorporación a la sensibilidad y a la cultura de quienes le han dado previamente su confianza. Y por eso creo que aquellos que optan por los puros juegos intelectuales en plena catástrofe y evaden así ese enlace y esa participación con lo que diariamente está llamado a sus puertas, ésos son escritores latinoamericanos como podrían serlo belgas o dinamarqueses; están entre nosotros por un azar genético pero no por una elección profunda. Entre nosotros y en estos años lo que cuenta no es ser un escritor latinoamericano sino ser, por sobre todo, un latinoamericano escritor.
Parte primera Realidad y Literatura

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