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Silenciosos los habitante del pueblo se reunían poco a poco en la calle principal de barrio central. En silencio pactaron la estrategia para deshacerse de los indeseados que habían irrumpido en la eterna paz de sus hogares. Tres fueron las calamidades que soportaron pero suficientemente grotescas como para desatar esa ira muda que provocaba la complicidad, solo comunicándose con monosílabas que servían para confirmar que se entendían entre ellos y que sabían de antemano las cosas que harían.
La primera de ella una golpiza propinada a Juan, uno de los muchachos más valentones y escandalosos del pueblo y quien era el culpable de traer a los forasteros. La primera impresión que daba cuando se le conocía hacía pensar que merecía los palos, pero la forma en la que dejaron su figura desataba la compasión de cualquiera y provocaba un nudo en el estomago similares a las nauseas.
Estaban acostumbrados a la paz del pueblo, pero no soportaban un insulto cuando era dirigido a las cosas que consideraban sagradas. Es por eso que la rabia, un sentimiento poco común en el pueblo, se había desatado en contra de Juan y los otros cuatro que fueron asesinados ese mismo día.

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