UNO

El color blanco penetró en mi cabeza de golpe. Las siluetas y colores se convirtieron en los objetos cotidianos que siempre me acompañan en la recamara pero que había desconocido cuando abrí los ojos. Los números incandescentes del radio despertador marcaban las 9:33, la antena destellaba los rayos de sol que aún no le permitían tomar su forma,  dejé caer el brazo sobre las lozas para sentir el frío del suelo y encontré que a esa hora ya estaban tibias, era una de esas mañana cálida y despejada que ya extrañaba y que acompañaba una larga noche de sueño como la que no tenía desde hace mucho.
Me abrí paso entre las cortinas para buscar a mamá, lo único que faltaba en esta tranquila mañana era uno de sus desayunos y a lo mejor escuchar algunas de las tonterías de Samuel antes de salir a caminar por la playa, pero solo encontré silencio en toda la casa, un silencio insoportable que me hacia saber que no tendría una mañana tan placentera nunca más, desee con todas mis fuerzas no haberme sacudido las sabanas y haber hundido la nuca en la almohada hasta deshacer el colchón en el momento en que mis gritos llamándolos se ahogaron en los muros y terminaron de huir por las rendijas de las ventanas.
Abrí de golpe la puerta en la recapara de ambos, todo tenía una pulcritud que desató la locura en un instante. Mi sien cayó casi de golpe contra las losas del piso que para ese entonces las sentí como el lugar más frío de la casa, la claridad del día avanzando me devolvió casi de golpe a la cordura, para mostrarme que mi familia: mi mamá y Samuel, habían desaparecido como lo hicieron los hijos y esposo de Lucía, los papás de Andrés y el hermano de Angéles; ahora me había quedado sola como muchos de mis vecinos y el largo camino para encontrarlos comenzaba.Tantas veces había pedido que si esto me pasaba deberían de desaparecer ellos para que no sufrieran esta soledad que se apoderó de toda la ciudad.
Siempre lo supe, siempre supe que algo así sucedería y hasta me sentí resignada, pero no imaginaba que la resignación era tan amarga, tanto que las lagrimas no pudieron brotar y la impotencia por no poder llorar a gusto era posible.
En las noticias un funcionario del gobierno, uno de los pocos que quedaban visibles para nosotros, salía a decir que los primeros minutos después de enterarse que un familiar había desaparecido eran vitales para encontrarlos, la palabra vital ya era desagradable en un asunto que causaba tanto dolor, pero la deletreaba con tanto énfasis como para dar tranquilidad. Lo cierto es que ni yo ni mis amistades, ni siquiera mis conocidos o de oídas había escuchado un testimonio alentador, de alguien que hubiera encontrado a sus familiares después de que desaparecieron, ni vivo ni muerto, ni siquiera un mínuto después de haber emitido el aviso para iniciar la búsqueda que ofrecían.
Mi plan por si esto me ocurría, y lo había hablado antes con Samuel y mamá, era tomar el frasco de somníferos que guardo detrás del espejo del baño y tomarlo todo para no convertirme en otro eslabón de esa cadena amarga que llena cada una de las casas de este lugar.
No pude hacerlo, no por faltas de fuerzas, sino porque como si fuera una rutina diaria no te queda más que hacer lo que hicieron los demás cuando les pasó, salir a la calle a buscarlos, preguntar con los vecinos y amigos, y después esperar, esperar toda la noche, esperar para siempre, para encontrarlos o para desaparecer.







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