I

Desperté en medio de la noche sin saber porqué. No hubo sobresaltos, dejé que mi vista se fuera aclarando en medio de la oscuridad, clavé la mirada en el techo y después de un rato me di cuenta que la calma inmensa de la madrugada era interrumpida por una música, una que apenas era imperceptible hasta que la reconocí, era la misma que sonaba desde la iglesia hasta el barrio de Belén  Grande cada año en las fiestas de San Andrés Apóstol. Cuando pude reconocerla se clavó más y más en mi mente, después en mis oídos y en lo profundo de mi cabeza, cada vez se convertía más en ruido que en música, cada vez estaba más cerca y con ella venían ellos, ví sus sombras irregulares que se dibujaban en las persianas de cristales biselados, sombras que se volvían más grandes en cada estruendo que se oía en esa música que ahora era insoportable, imaginar sus largos brazos moviéndose rígidamente no hacían más que hundirme en el colchón de la cama bajo un profundo miedo, estuve paralizada largo rato, sabía que en cualquier momento las sombras terminarían por irrumpir en la recámara, destrozar el vidrio de las ventanas y atravesar de golpe a la oscuridad del cuarto donde paralizada ahogaba mis gritos. No pude más que cerrar los ojos, los apreté con mucha fuerza y derrepente la música paró de golpe, las manecillas del reloj colgado sobre la puerta principal de la casa era el único ruido en medio de la noche, entendí que era un mal sueño, respiré profundo y abrí nuevamente los ojos, solo para darme cuenta que todas esas mojigangas ya estaban ahí, bailando al pie de mí cama.

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