
Era el año de 1980, una América Latina agitada, intelectuales alzando la voz, el señor Julio Florencio Cortázar fue vocero de los latinos "exiliados". En aquel tiempo visito la verde capital del estado de Veracruz, su estancia en Xalapa (México) fue propiciada por el entonces Centro de Investigaciones Lingüístico – Literarias, para ofrecer a los estudiantes de la Universidad Veracruzana una conferencia titulada Realidad y Literatura, en el año siguiente se publico en la revista Texto Crítico el discurso que el cronopio mayor leyera frente a la audiencia universitaria y que hoy en día sigue con esa nostalgia que hace que sus obras literarias se mantengan vigentes.
Comparto ahora parte de ese discurso, disfrútenlo de la misma forma en la que yo lo hice…
Julio Cortázar
Parte primera
Hubo un tiempo entre nosotros, a la vez lejano y cercano como todo en nuestra breve cronología latinoamericana, un tiempo más feliz o más inocente en el que los poetas y los narradores subían a las tribunas para hablar exclusivamente de literatura; nadie esperaba otra cosa de ellos, empezando por ellos mismos, y sólo unos pocos escritores fueron aquí y allá la excepción de la regla. En ese mismo tiempo los historiadores se concentraban en su especialidad, al igual que los filósofos o los sociólogos, lo que hoy se da por llamar ciencias diagonales, esta invasión e interpenetración de disciplinas que buscan iluminarse recíprocamente, no existían en nuestra realidad intelectual cómoda y agradablemente compartimentada.
Ese panorama que en alguna medida podríamos llamar humanístico se vio trastornado por síntomas de dislocación y desconcierto que se volvieron acuciantes e imperiosos hacia el término de la segunda guerra mundial; a partir de eso sólo as mentalidades estrictamente académicas y también las estrictamente hipócritas se obstinaron en mantener sus territorios, sus etiquetas y sus especificidades. Hacia los años cincuenta esta sacudida sísmica en establishment de lo intelectual se hizo claramente perceptible en el campo de la narrativa latinoamericana; los cambios fueron incluso espectaculares, en la medida en que entrañaban una resuelta toma de posición en el terreno geopolítico, más que un avance formal o estilístico; como el viejo marinero de Coleridge, muchos escritores latinoamericanos despertaron “más sabios y más tristes” en esos años, porque ese despertar representaba una confrontación directa y deliberada con la realidad extra literaria de nuestros países.
Los ejemplos de esta toma de posición son inmediatos y múltiples en esa década, pero cabria decir que ya estaban condensados a proféticamente a la obra de dos grandes poetas cuyo salto hacia adentro, por decirlo así, surge inequívocamente cuando se mide, en Cesar Vallejo, lo que va de Los heraldos negros a Trilce y los Poemas humanos, y en Pablo Neruda cuando se pasa de Residencia en la tierra al Canto general. Por su parte la narrativa, que anunciaba ya esa nueva latitud de la creación a través de la obra de Mariano Azuela, Ciro Alegría y Jorge Icaza entre otros, se perfila cada vez más como un método estético de exploración de la realidad latinoamericana, una búsqueda a la intuitiva y constructiva de nuestras raíces propias y de nuestra identidad profunda. A partir de ese momento ningún novelista o cuentista que no sea un mandarín de las letras, subirá a una tribuna para circunscribir su exposición a lo estrictamente literario, como todavía hoy puede hacerlo en buena medida un escritor francés norteamericano. Desde luego y por razones obvias y necesarias esto es aún relativamente posible en la enseñanza universitaria (aunque también ahí los territorios se han trizado como un espejo), pero esa compartimentación no puede hacerse ya frente a un público de lectores u oyentes que se apasionan por nuestra literatura en la medida en que la sienten parte y partícipe de un proceso de definición y recuperación de lo propio, de esa esencia de lo latinoamericano tantas veces escamoteada o vestida con trapos ajenos.
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Se que aquí como en tantos otros auditorios de nuestros países, estoy frente a ese público; por eso lo que pueda decirse hoy nace de la conciencia angustiada, hostigada, pero siempre llena de esperanza de un escritor que trabaja inmerso en un contexto que rebasa la mera literatura pero sin el cual su trabajo más específico sería – repitamos los versos célebres- “como un cuento dicho por un idiota/lleno de ruido y de furia/y sin sentido alguno”.
Esa invasión despiadada de una realidad que no nos da cuartel es tan perceptible para los lectores como para los escritores conscientes de América Latina, y casi no necesito aumentar sus elementos más evidentes. Hoy y aquí, leer y escribir literatura supone la presencia irrenunciable del contexto histórico y geopolítico dentro del cual se cumplen esas lecturas o esas escrituras; supone la trágica diáspora de una parte más que importante de sus productores y de sus consumidores; supone el exilio como condicionante forzoso de casi toda la producción significativa de los intelectuales, artistas y científicos de Chile, Argentina, y Uruguay entre muchos otros países. Vivimos la paradoja cotidiana de que una parte no desdeñable de nuestra literatura nace hoy en Estocolmo, en Milán, en Berlín, en Nueva York y dentro de América Latina los países de asilo como México o Venezuela ven aparecer casi diariamente en sus propias editoriales muchas obras que en distintas circunstancias les hubieran llegado de Buenos Aires, de Santiago, de Asunción. Todo un sistema de referencias, de seguridades intelectuales se ha venido abajo para ser sustituido por juegos aleatorios imprevisibles e ingobernables. Casi nadie ha podido ser capitán de su exilio y escoger el puerto más favorable para seguir trabajando y escribiendo. A medida que pasa el tiempo el contenido y la óptica de muchas obras literarias empiezan a reflejar las condiciones y los contextos dentro de los cuales han sido escritos; pero lo que podía haber representado una opción, como tantas veces lo fue en nuestra tradición literaria, es ahora el resultado de aun compulsión. Todos estos factores relativamente nuevos pero que hoy se vuelven agobiadores, están presentes en la memoria y en la conciencia de cualquier escritor que trate de ver claro en su oficio; de todas estas cosas es necesario hablar, porque sólo así estaremos hablando verdaderamente de nuestra realidad y nuestra literatura .
Detrás y antes del exilio, por supuesto, estás la fuerza bruta de los regímenes que aplastan toda libertad y toda dignidad en mi propio país y en tantos otros del continente. Gabriel García Márquez afirmó que volvería a publicar obra literaria hasta que no cayera Pinochet; creo que afortunadamente está cambiando de opinión, porque precisamente para que caiga Pinochet es preciso, entre otras cosas, que sigamos escribiendo y leyendo literatura, y eso sencillamente porque la literatura más significativa en este momento es la que se suma a las diversas acciones morales, políticas y físicas que luchan contra esas fuerzas de las tinieblas que intentan una vez más la supremacía de Arimán frente a Ormuz. Y cuando hablo de literatura más significativa quisiera que se me entienda bien porque de ninguna manera estoy privilegiando la literatura calificada de “comprometida”, palabra muy justa y muy bella cuando se la usa bien pero que suele encerrar tantos mal entendidos y tantas ambigüedades como la palabra democracia e incluso, muchas veces, la palabra revolución. Hablo de una literatura por todo lo alto, como diría un español, una literatura en su máxima tensión de exigencia, de experimentación, de osadía y de aventura, pero al mismo tiempo nacida de hombres y mujeres cuya conducta persona, cuya responsabilidad frente a su pueblo los muestra presentes en ese combate que se libra en América Latina desde tantos frentes y con tan diversas armas. Sé de sobra hasta que punto este autentico compromiso del intelectual suele ser mal visto en sectores preponderantes pragmáticos para quienes la literatura cuenta sobre todo como instrumento de comunicación sociopolítica y en último extremo de propaganda. Me ha tocado en la época en que escribí Libro de Manuel, soportar el peor y más amargo de los ataques, el de muchos de mis compañeros de combate, para quienes esas denuncias por la vía literaria del cruento régimen del general Lanusse en la Argentina no tenía para ellos la seriedad y la documentación de sus panfletos y sus artículos. Me cito porque el tiempo, encarnado en aquellos lectores que compartían mi noción del verdadero compromiso del intelectual, dio todo su sentido y su razón de ser a esa tentativa de convergencia de la historia y la literatura, como la dará siempre a los escritores que no sacrifiquen la verdad a la belleza y la belleza a la verdad.
No hay que dudar en reconocer, frente a nosotros mismo y sobre todo frente a nuestros lectores, que muchos escritores de un basto sector de América Latina sometido al caos de la explotación y la violencia de enemigos internos y externos, despertados diariamente en nuestro país o en el exilio bajo el peso de un presente que nos agobia y nos llena de mala conciencia, a la vista de lo que esta ocurriendo en países como el mío, a las vista de esos enormes campos de concentración disimulados con carnavales hidroeléctricos y campeonatos mundiales de futbol, toda actividad básicamente intelectual parecía tener algo de irrisorio y hasta de gratuito; toda labor literaria y artística entraña una lucha permanente contra un sentimiento, contra una sospecha de lujo, de surplus, de evasión de una responsabilidad más inmediata y concreta. No es así, muy al contrario, pero muchas veces lo sentimos así. Tenemos que hacer lo que hacemos, pero nos duele en el acto de hacerlo. En muchos de nosotros el ejercicio de la más autentica vocación se ve como agredida por la mala conciencia; y si esto se advierte incluso en no pocos intelectuales mexicanos, en un país en donde cada uno tiene el derecho y los medios de dar a conocer abiertamente sus puntos de vista, sus aceptaciones y sus rechazos, ¿Cómo describir el estado de ánimo de un intelectual chileno, boliviano o uruguayo que se esfuerza por seguir cumpliendo su trabajo específico en el interior o en el destierro, con las limitaciones y los problemas de toda naturaleza que ello le plantea?
Es entonces, cuando en mitad de una página me asalta como a tantos otros ese sentimiento de desánimo y de abandono, cuando me siendo no sólo física sino culturalmente exiliado de mi país, es precisamente entonces que mi reacción tiene algo de perfectamente lógico si se mira a la luz de cualquier criterio razonable. Nunca lo sentí más claramente que el día en que me entere que un libro mío no podría ser publicado en la Argentina, como los de tantos otros escritores desterrados; simultáneamente con la amarga realización que entre mis compatriotas y yo acababa de cortarse el puente que nos había unido durante tantos años y tantas distancias, y que el verdadero, el más insoportable exilio empezaba en ese momento, en esa soledad de la doble incomunicación del lector y el escritor, en ese mismo instante me ganó n sentimiento totalmente opuesto, algo que era como un impulso, un llamado, una convicción casi demencial de que todo eso sólo sería cierto si yo lo aceptaba, si yo entraba estúpidamente en las reglas del juego del enemigo, si me pegaba a mi mismo la etiqueta del exiliado crónico, si buscaba reconvertir mi vida hacia otros destino. Sentí que mi obligación era la de hacer todo lo contrario, es decir, multiplicar mi trabajo de escritor, exigirle mucho más de lo que había exigido hasta entonces, y sobre todo proponer de todas las maneras posibles a mis compatriotas latinoamericanos, como lo hago en este momento y lo seguiré haciendo mientras me queden fuerzas, una noción positiva y eficaz del exilio, una actitud y una responsabilidad totalmente opuestas a lo que quisieran ellos que nos expulsan física y culturalmente de nuestros países y que esperan con ello no solamente neutralizarnos como opositores a sus dictaduras sino hundirnos lentamente en la melancolía y la nostalgia y finalmente en el silencio, que es lo único que aprecian en nosotros.
2 comentarios:
Hola mi pequeño gran hombre, he aquí mi comentario: ... es "disfrutable", agradable y sublime la forma en que introduces al texto de Cortazar... -por más inspiraciones como esa...
Un enorme beso y saludos de La Bruja!!!
Cortázar, ese hombre tan lúcido.
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